
Miles de personas cruzando la frontera. 86 muertos. Redadas. Devoluciones en caliente. Discursos de odio. Pogromos fascistas alentados por la extrema derecha dando palizas a personas inmigrantes, muchas de ellas menores de edad. Y, mientras tanto, los medios vuelven a señalar a quienes llegan con lo puesto como si fueran los responsables de todos los problemas de la clase trabajadora.
No lo son.
Quienes cruzan la frontera no son nuestros enemigos. Son trabajadores, jóvenes y familias expulsadas de sus hogares por la pobreza, la falta de oportunidades y las consecuencias de décadas de saqueo imperialista.
Muchos de ellos son utilizados incluso como moneda de cambio por quienes gobiernan a uno y otro lado del Estrecho. En demasiadas ocasiones, ni siquiera deciden libremente
cuándo o cómo cruzar: son empujados por unas condiciones de vida insoportables y por la instrumentalización política que hacen de ellos los Estados.
La frontera es un negocio político
España y la Unión Europea llevan años pagando miles de millones de euros al régimen marroquí para convertirlo en el gendarme de la frontera sur. El control migratorio se ha
externalizado: Marruecos hace el trabajo sucio a cambio de financiación, acuerdos políticos y respaldo internacional.
Pero esa relación no es de igualdad. Cuando cambian los intereses geopolíticos, la frontera se abre o se cierra según convenga.
La infame monarquía de Mohamed VI utiliza los flujos migratorios como un instrumento de presión diplomática frente al Estado español y la Unión Europea. La población migrante se convierte así en rehén de una estrategia donde las vidas humanas son utilizadas como arma política.
Marruecos abre o cierra la frontera según convenga a sus intereses, mientras miles de personas son utilizadas como moneda de cambio en un pulso geopolítico que nada tiene
que ver con sus necesidades o aspiraciones.
Ceuta: una importante pieza del tablero imperialista
Ceuta no puede entenderse sin el conflicto del Sáhara Occidental, sin el control del Estrecho de Gibraltar y sin la creciente disputa geopolítica entre potencias.
El reconocimiento español de la posición marroquí sobre el Sáhara, la presión ejercida por Estados Unidos e Israel para reforzar el papel estratégico de Marruecos y el interés militar sobre el Estrecho forman parte de una misma estrategia imperialista.
Marruecos actúa como un aliado privilegiado de los intereses occidentales en el norte de África, mientras utiliza esa posición para reforzar su capacidad de presión sobre España y la Unión Europea.
Quienes pagan el precio son siempre los mismos: la población trabajadora de ambos lados de la frontera.
Mientras tanto, el fascismo señala al más débil
La extrema derecha intenta convertir la desesperación en odio.
Organiza persecuciones contra personas migrantes, alimenta el racismo y trata de enfrentar a trabajadores nacidos aquí contra trabajadores nacidos fuera.
Es la estrategia de siempre.
Mientras discutimos entre pobres, nadie habla de quienes obtienen beneficios con esta situación: los grandes empresarios que explotan mano de obra inmigrante en la agricultura, la hostelería, la construcción o los cuidados; quienes se enriquecen gracias a la irregularidad administrativa; quienes necesitan trabajadores sin derechos para mantener salarios bajos y aumentar sus beneficios.
La inmigración no precariza el trabajo.
Al trabajo lo precariza quienes utilizan a trabajadores sin derechos para rebajar las condiciones del conjunto de la clase obrera.
El Gobierno tampoco es ajeno
Frente a esta situación, el Gobierno vuelve a responder con la misma receta: más militarización, más control fronterizo y más acuerdos con un régimen autoritario para
contener los flujos migratorios.
Mientras los gobiernos llenan titulares hablando de seguridad y control de fronteras, apenas hablan de las causas que empujan a miles de personas a jugarse la vida: la pobreza, las guerras, el expolio económico y un sistema que condena a millones a emigrar para sobrevivir. La frontera no es el problema; es la consecuencia de un orden internacional basado en la desigualdad y el saqueo.
Nuestro enemigo tiene nombre
Nuestro enemigo no es quien cruza una frontera buscando una vida digna.
Nuestro enemigo son los grandes empresarios que se enriquecen explotando mano de obra barata, los gobiernos que sostienen guerras, las monarquías absolutistas y gobiernos
occidentales que aplican políticas coloniales cuando benefician a sus intereses, y quienes alimentan el racismo para enfrentar a trabajadores que comparten una misma explotación.
La frontera no protege a los pueblos: protege un sistema que convierte a las personas en mercancía.
Una sola clase frente al imperialismo y el racismo
Desde una perspectiva de clase rechazamos tanto el racismo como la utilización cínica de la inmigración por parte de los Estados.
La población migrante forma parte de nuestra clase. Comparte la misma explotación, la misma precariedad y, demasiadas veces, una represión aún mayor por su situación
administrativa.
Solo una respuesta organizada, internacionalista y obrera puede romper esta lógica.
Frente a quienes quieren dividir a la clase trabajadora con el racismo, respondemos con solidaridad internacionalista y organización.
Ninguna valla ni ningún discurso xenófobo resolverán los problemas de nuestro pueblo.
Solo la unidad entre trabajadores, nacidos aquí o fuera, permitirá hacer frente al imperialismo, la explotación y quienes se benefician de ambos.
Porque el enemigo nunca fue quien cruza la frontera, sino quien la utiliza para dividirnos y seguir explotándonos.